Lecciones Aprendidas de un Intercambio de Campesino-a-Campesino en Guatemala

Participantes del primer iCaC toman notas mientras Encarnación Gutierrez Esquivel describe propiedades medicinales y usos de las plantas en su huerto en Camotán, Chiquimula, Guatemala . Photografía de M. Baker.


Motivados por un afán de trabajar de forma recíproca con nuestros colaboradores en Guatemala decidimos organizar un intercambio de Campesino-a-Campesino (iCaC) coordinado y financiado por varios fondos de la Universidad de Wisconsin-Madison y en colaboración con miembros de la oficina de la Mancomunidad Copanch’orti’, y la Red de Comercio Equitativo y Solidario Kuchub’al.  El intercambio se divide en dos movimientos: el primero, para movilizar a productores del altiplano occidental (San Marcos) hasta el oriente (Chiquimula) del país, y el segundo para hacer el movimiento opuesto. El primer iCaC se llevó a cabo en Julio del 2022 y consistió en reunir a 6 productores/as agroecológicos/as de San Marcos, con 14 productor/as de Chiquimula, para fomentar la formación y desarrollo de capacidades técnicas enfocadas en diferentes modelos de agroecología. Los temas del primer iCaC incluyeron género y juventud en agricultura, descripción y uso de plantas medicinales, diversificación del huerto familiar y conservación de suelos con prácticas agroforestales.  El iCaC también incluyó un espacio que denominamos ‘mercadito’ para facilitar a través de venta, trueque o regalo el intercambio de productos que cada campesino/a llevaba (i.e., semillas, plantas, vástagos, café, galletas, bálsamos, fruta en conserva, artesanías).

Esta práctica de intercambiar saberes y experiencias entre pares no es nada nueva en Guatemala.  Muy al contrario, esta práctica se encuentra muy arraigada a distintos esfuerzos de resistencia ante la represión cultural, social y económica que enfrentaron los pueblos indígenas en este país centro americano (Smith; REHMI; Comisión para el Esclarecimiento Histórico).  Revisamos a continuación un poco de la historia en Guatemala para darle contexto a la importancia de este tipo de intercambios.

El campesinado en Guatemala, azotado por siglos de explotación, marginalización, y desplazamientos forzados, sin acceso a servicios básicos, y sufriendo los efectos directos de la variabilidad ambiental, estaba en la búsqueda de cambios para salir del ciclo de hambre y pobreza en el que se encontraba.

Los gobiernos por su lado ofrecían apoyo rural a través de sus extensionistas agrícolas. Pero estos, entrenados bajo paradigmas de agricultura convencional, servían más bien una función de promoción de paquetes para microcréditos y compra de insumos externos en la agricultura, que contribuían a las deudas rampantes en el sector rural (Cárdenas Hernández; Reyes-Hernández).

Algunos proyectos de desarrollo social surgían eventualmente en distintas regiones de los países del Sur global, con la misión de promover el ‘desarrollo’ de las comunidades indígenas que vivían en extrema pobreza.  Estos proyectos se desarrollaban con un enfoque de arriba hacia abajo, en donde los países ‘desarrollados’ sentían una obligación moral de rescatar y resolver los problemas que los países ‘subdesarrollados’ tenían debido a sus ‘políticas retrógradas y estancadas’.  La misión de estos proyectos era llevar las soluciones que los donantes consideraban como adecuadas para promover el desarrollo rural y la modernización del agro (entiéndase la transferencia de tecnologías asociadas con la Revolución Verde). Presuponía que el sujeto rural en Latinoamérica era un productor ineficiente, incapaz, estático, y pasivo. Estos proyectos de ‘desarrollo’ perpetuaban de tal forma jerarquías coloniales en una era postcolonial, privilegiando el conocimiento occidental sobre el de los pueblos originarios.  Bajo estos modelos de desarrollo, las perspectivas indígenas no se consideraban ni en la definición y ni en la estructuración de los objetivos de sus misiones (Kerr; Barkin). 

A su vez, la tendencia de los gobiernos del Sur global era la de adherirse a modelos agrícolas de corte neoliberal que dirigían la inversión del capital en donde se maximizaran los márgenes del beneficio corporativo, dejando de lado el componente social e impactando negativamente los medios de vida rurales, la seguridad alimentaria y el medio ambiente.  La situación agraria en Guatemala empujó al país a 36 años de guerra interna, entre 1960 y 1996 (REHMI; Comisión para el Esclarecimiento Histórico), debido en gran parte a las políticas de marginación económica y segregación de los pueblos originarios, y a la lucha de poderes entre los sectores poderosos de la oligarquía y las clases media y baja.

Con este historial, no era de asombrarse que los campesinos desconfiaran de cualquier proyecto externo, que viniera impulsando la transformación de sus métodos de producción y sus patrones de consumo. Estaban cansados de modelos impuestos que carecían de respeto a su integridad étnica y cultural.

En los años 1970s, fueron los campesinos Maya Kaqchikel, de San Martín Jilotepeque, en el departamento de Chimaltenango (localizado en el corazón de Guatemala, a un par de horas al norte de la ciudad capital), quienes fueron los pioneros en utilizar una metodología liderada por y para campesinos, con el afán de compartir de una forma efectiva y no jerárquica, prácticas de conservación de suelo y agua en el manejo de sus agroecosistemas (Holt-Gimenez). A esta metodología, se le conoce ahora como metodología de Campesino-a-Campesino (mCaC).

En esos años, don Marcos Orozco, un agrónomo jubilado que trabajaba con la Organización No Gubernamental ‘World Neighbors’, enseñaba técnicas de conservación de suelos a indígenas en Chimaltenango. Don Marcos no hablaba Kaqchikel. Viendo el reto que eso implicaba para comunicarse con los campesinos del área, decidió iniciar entrenando a unos cuantos campesinos Kaqchikeles que hablaban español a través de pequeñas demostraciones en áreas de 5x10 metros en sus parcelas, haciendo líneas de contorno y aplicando materia orgánica. Los campesinos, motivados por los resultados obtenidos empezaron a compartir sus conocimientos con sus vecinos y sus comunidades, siguiendo este modelo de experimentos a pequeña escala.  Al obtener mayores rendimientos, quisieron expandir el experimento a áreas más grandes de sus parcelas, pero se enfrentaron a un gran reto:  los requerimientos en costo y mano de obra para construir zanjas o terrazas en los terrenos que se encontraban en las laderas inclinadas de la región (Holt-Gimenez).  Los campesinos encontraron una solución enraizada en su cultura Maya: el kuchub’al.  Esta palabra significa solidaridad y trabajo comunitario de ayuda mútua (Guatedominios.com)  y es una estrategia que se aplica a la construcción de viviendas, a las labores agrícolas, trabajos comunitarios o festividades.  Un kuchub’al en agricultura se mira como sigue:  grupos de 3 o más hombres se organizan para trabajar en cada una de sus parcelas hasta que terminan el trabajo en conjunto en cada una de ellas. No se requiere dinero para pagar por el trabajo, porque el apoyo es mutuo. El éxito obtenido en las parcelas del grupo que trabajaba con don Marcos fue contagiando al resto de campesinos del área. Los campesinos/as que fueron entrenados con esta metodología continuaron compartiendo el conocimiento aprendido de forma horizontal, adaptándolo a las condiciones específicas de las parcelas de los aprendices, y logrando romper el ciclo vicioso de pobreza y degradación de los suelos.  Los iCaC fueron expandiéndose a México, Nicaragua, y el istmo Centroamericano, llegando incluso hasta Cuba en el Caribe Americano (Holt-Gimenez).

La mCaC se vuelve una alternativa para promover de manera horizontal prácticas agroecológicas y soluciones innovativas a problemas en el campo.  Esta metodología contribuye a la revitalización y al aprendizaje de prácticas agrícolas basadas en la cosmovisión Maya, muchas de las cuales habían sido removidas a la fuerza a través del proceso colonial. La mCaC se basa en una pedagogía constructivista que facilita el intercambio de conocimientos entre pares con el afán de promover la autosuficiencia, la soberanía alimentaria y formas de vida sustentables. El éxito de esta pedagogía se debe a la participación de campesinos/as como generadores e impulsores de cambio, y al empleo de experimentos a pequeña escala en las parcelas de los aprendices. Sin duda también jugaron un rol las identidades indígenas, con su sentido de pertenencia y arraigo a la tierra, a su cultura de solidaridad y cooperación, y a las experiencias compartidas en sus luchas por formas de vida dignas (Kerr; Holt-Gimenez; Bunch).

La pedagogía de la mCaC contrasta con la empleada por las unidades de extensión de las universidades o compañías agrícolas, quienes se consideran como los expertos, y llegan con la premisa de llevar las soluciones correctas a personas que no saben mucho sobre agricultura.  El extensionismo niega en cierta forma los conocimientos de los campesinos/as, llegando a reemplazar las prácticas locales, y empleando técnicas pedagógicas en donde el campesino debe absorber el conocimiento de forma pasiva a través de charlas o presentaciones con audiovisuales (Cárdenas Hernández; Reyes-Hernández).  El extensionismo agrícola también choca en su enseñanza con el enfoque agroecológico (Altieri et al.; Calderón), el cual constituye una apuesta ética, social, política y agronómica que persigue aplicar los principios de la ecología a la agricultura y reducir la dependencia de los pequeños productores con respecto al modelo hegemónico contemporáneo de agricultura industrializada.

Un análisis preliminar de nuestro primer iCaC, retroalimentado por reflexiones entre organizadores y participantes en el encuentro, sugiere que el rol de las organizaciones enfocadas en la agricultura puede ser un motor de transformación que ofrezca oportunidades para aumentar la resiliencia de los/as campesinos/as para sobrellevar las crisis que afecten sus sistemas de producción.

El 100% de los participantes que respondieron nuestras encuestas indicaron estar satisfechos por el iCaC indicando que cumplió con sus expectativas. Los participantes comentaron aprender nuevas prácticas agrícolas (i.e doble excavación, agroforestería combinada con la milpa), así como nuevos conocimientos sobre los usos de las plantas (i.e usos culinarios de Q’ixtán o Solanum wendlandii). Para el siguiente iCaC recomendaron aprender más sobre el uso de plantas medicinales y la elaboración de productos con las mismas, trabajar la elaboración de abonos orgánicos, hablar sobre cómo iniciar proyectos de emprendimiento y su integración en mercados tradicionales o en línea. Los participantes también ofrecieron las siguientes sugerencias para mejorar futuros iCaC: ampliar la duración del intercambio para tener más oportunidades de intercambiar ideas, hospedar cuando sea posible a los participantes en las parcelas, y realizar más demostraciones prácticas para aprender haciendo, asimilando mejor el aprendizaje e incrementando la posibilidad de replicar los conocimientos de vuelta en sus parcelas y en sus comunidades. 


El éxito de la mCaC requiere motivación y voluntad para implementar lo aprendido, requiere esfuerzos sostenidos para lograr los objetivos y para seguir aprendiendo juntos, y el fortalecimiento de las nuevas redes construidas. Esta metodología requiere un compromiso moral para compartir y enseñar algo de lo aprendido con otras personas.  También se requieren de fondos para sufragar los costos asociados con los entrenamientos, siendo clave el transporte, con los retos asociados con el movimiento en áreas remotas, sin carretera para llegar a las parcelas de algunos de los participantes.

Más allá de los cambios agrarios que se puedan lograr en estos intercambios, sabemos que se requieren cambios estructurales de las políticas gubernamentales a nivel nacional, regional y global para lograr sistemas alimentarios más resilientes e inclusivos.  Mientras tanto, en lo que organizamos el segundo iCac en San Marcos, estaremos midiendo el pulso a los esfuerzos de los participantes del primer iCaC, para evaluar la capacidad de transformación del intercambio y la posibilidad de seguir construyendo agriculturas sostenibles.


About the Authors

Claudia Irene Calderón es Faculty Associate en el Departamento de Horticultura de la Universidad de Wisconsin, Madison (la cual ocupa territorio Ho-Chunk). Actualmente, Calderón conduce un action-research colaborativo, que abarca temas de género, agroecología, evolución de los cultivos y sistemas sostenibles de alimentación. Además, la autora, realiza trabajo etnográfico con micro-propietarios compesinos en las áreas rurales de Mesoamérica.

Carlos Humberto Ramírez es ingeniero agrónomo y gerente general de la Mancomunidad Copanch'orti'. Ramirez, se encuentra a cargo de la gestión, coordinación y ejecución del proyecto de desarrollo en la region Chorti.

Margaret Baker es una estudiante de maestría de Agroecologia en la Universidad de Wisconsin- Madison. En colaboración de la Mancomunidad Copanch’orti’, ella estudia la transferencia de conocimientos y redes sociales de campesinos en el oriente de Guatemala.

Gaby Nathaly Castillo Valle es ingeniera agrónoma en sistemas de producción agricola y licenciada en Trabajo Social de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Actualmente, trabaja como técnica de campo en la Mancomunidad Copanch'orti'.

Otilio Bravo Roblero es promotor en agroecologíaa del Caserío Unión Reforma, Municipio de Sibinal San Marcos en Guatemala.

Works Cited

Altieri, Miguel A., et al. “Agroecology and the design of climate change-resilient farming systems.” Agronomy for Sustainable Development, vol. 35, 2015, pp. 869–90.

Barkin, David, Mario Fuente Carrasco, and Daniel Tagle Zamora. “La Significación de una Economía Ecológica Radical.” Revista Iberoamericana de Economía Ecológica, vol. 19, 2012, pp. 1–14.

Bunch, Roland. Two Ears of Corn: A Guide to People-Centered Agricultural Improvement. World Neighbors, 1985.

Calderón, Claudia Irene, et al. “Agroecology-based farming provides grounds for more resilient livelihoods among smallholders in Western Guatemala.” Agroecology and Sustainable Food Systems vol 42, 2018, pp. 1128–69.

Cárdenas Hernández, Jenny Lorena. “Caracterización del Sistema Nacional de Extensión Rural.” Guatemala, Departamentos de Chimaltenango, Baja Verapaz y Alta Verapaz, Guatemala, Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza - CATIE-, 2014.

Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) Guatemala, Conflicto armado y denegación de justicia: Guatemala, memoria del silencio, Guatemala, F&G Editores, 2009.

Guatedominios.com. “Kuchub’al:  Red de Comercio Equitativo y Solidario:,” Red Kuchub’al, 2022, https://www.kuchubal.org/

Holt-Gimenez, Eric. Campesino a Campesino: Voices from Latin America’s farmer to Farmer Movement for Sustainable Agriculture. Food First Books, 2006.

Kerr, Roseann.  “Unsettling the Hegemony of ‘Western’ Thinking: Critical Reflection on My Journey to Understanding Campesino-a-Campesino Pedagogy.” Societies vol. 12, 2022, pp. 76.

REHMI, Recuperación de la Memoria Histórica 1998: Guatemala, nunca más. Impactos de la Violencia. vol. 1, ODHAG [Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala], 1998.

Reyes-Hernández, Mamerto. “El Servicio de Extensión Agrícola en Guatemala:  Un Análisis Preliminar.” Análisis de la Realidad Nacional, vol 8, no. 161, 2019.

Smith, Carol. A. “Destruction of the Material Bases for Indian Culture: Economic Changes in Totonicapán.” Harvest of Violence: The Maya Indians and the Guatemalan Crisis. edited by Carmack, Robert M., Oklahoma UP, 1988.


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